#6, Los amigos (un título muy original)

“En el tabaco, en el café, en el vino,
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.

Livianamente hermanos del destino,
dióscuros, sombras pálidas, me espantan
las moscas de los hábitos, me aguantan
que siga a flote entre tanto remolino.

Los muertos hablan más pero al oído,
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.

Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra.”

Los amigos, Cortázar.

Sólo he cogido un pedazo de vosotros con las dos manos, y lo miro como quien agarra agua –y no vida- entre los dedos. Me reflejo cuando os miro, y veo esa negación a ser completamente adultos, incansables, atentos a todo porque seguís aprendiendo. Compartiendo el paso nos damos la mano, trazamos un mismo camino. Y en los recodos donde nos apoyamos hombro con hombro nos ofrecemos paciencia, ideas. La palabra compartir era precisamente esto.

Perdonad la emoción de niña que no para de gritar en mitad de la fiesta, pero todavía estoy aprendiendo a ser con los demás sin dejar de existir. La complicación de otros encuentros consiguió vestirme una armadura extraña, llena de miedo adolescente, pesada como un mal sueño. Me encerré en una nevera llena de cadáveres colgados boca abajo que daban conversación al tiempo que, inevitablemente, se pudrían. Seguí el juego de aquello porque sabía que el amor no era eso, que estaba afuera, en otra explanada abierta al cielo, en el movimiento que se dibuja al marcar el ritmo de algún tema, en un punto al fondo de la nariz cuando hueles a tu hogar estando a kilómetros del mismo. Yo lo sabía porque conocí gente, está claro, los cadáveres de la nevera tenían que haber muerto de algo o por algo, y me contaron del fracaso, rotos, frustrados. Mucho de ellos ni siquiera sabían que estaban muertos. Otros me creían rara porque las lágrimas me mojaban los labios y no las cejas, pensando que mi mundo era el que estaba dado la vuelta.

Venimos a ser grises, y blancos, y negros. Estoy contenta por la mezcla de color en este trazo de pincel. Seguir pintando es una suerte. Bienvenidos los relojes, entonces, y sabernos contando el tiempo.

El día de la madre.

madre
Mi madre me quiere mucho. Cocina muy bien. Mi madre me enseñó a sacar la pistola mucho antes de entender lo que era sentirse indefensa. Mi madre me enseñó a mirar con cara de duda. Mi madre me señaló todos los libros de la estantería del salón pero nunca me obligó a leer ninguno. Mi madre es la que se pone de pie cuando todo el mundo necesita estar sentado. Mi madre no cree en Dios, ni en los milagros, pero ella es Dios y hace milagros. Mi madre se caga en todo y en todos con frecuencia. Mi madre busca la perfección en un trozo de papel arrugado y húmedo. Mi madre no necesita buscarme para encontrarme, me presiente en todas partes. Mi madre me pone en evidencia, pero nunca dejaría que nadie me pusiera en evidencia. Mi madre nació en otoño y por eso le gusta tanto el verano. Mi madre no ocupa espacio, lo llena. Mi madre no necesita aplausos para seguir adelante. Mi madre no es cobarde. Mi madre es preciosa, es tan guapa que hace que te quedes quieto. Mi madre siempre tiene espacio en su mesa y en sus brazos. Mi madre me enseñó que la música era algo más que un sonido, y que las palabras tienen un sentido cerrado. Mi madre ya está asomada ante ti mucho antes de estarte mirando. Mi madre es sol. Mi madre siempre tiene la prisa de quien mira las cosas despacio. Mi madre provoca terremotos y hace crecer flores, a la vez, dentro de las cabezas de quien la escucha. Mi madre no miente. Mi madre señala sus miedos y los comprende, aunque callada. Mi madre señala mis miedos, que son los suyos, y los abraza.

Tengo la certeza de que mi madre existe desde el principio de los tiempos, y ya entonces era madre. La madre de todas las cosas. Mi madre no se acabará nunca.

Mi madre se llama Carmen, que es a la vez jardín, música, y poema.

#5 Gasolina azul CLIPPER. Fluído universal.

Llego a casa y escribo: estoy escribiendo esto. Estoy escribiendo esto. Y luego nada.

Me imagino tu cuerpo. También me imagino que se te apaga una luz en la boca, todo el rato. Y luego nada.

Cuántos espectros te caben en la palabra soledad.

¿Has corrido alguna vez entre la niebla?

A veces.

Tengo miedo de tu imagen rompedora sobre mi infancia llena de vértigos.

Sobre mi adolescencia llena de por qués.

Me gustaría ser tu aurora. Ni siquiera sé lo que significa eso.

He imaginado que lo que había echado mi padre en la parte de atrás del coche era un cadáver. Lo imagino todo el tiempo.

Supongo que nunca voy a volver a verte como hoy.

Eres la imagen exacta de mi miedo.

Ni siquiera sé lo que significa eso.

Me resultas emblemático.

Tengo que apagar esta alarma.

Me ocasionas.

Me ocasionas todo el tiempo.

Deberíamos estar juntos para darme cuenta de que nunca deberíamos haber estado juntos.

Dónde estás.

Creo que es auténtica la forma.

Creo que tiene color tu contenido.

Me gustaría ser encantadora.

Ni siquiera sé lo que significa eso.

A veces, cuando duermo, me sobresalta la imagen de una trinchera.

Quién es tu voz cuando me duermo.

Tengo una cerveza,

Me ocasionas,

me ocasionas desperfectos.

Si hay una luz no es al final. Es al comienzo.

He derretido la cera. La escayola me devuelve la imagen de quien soy ahora.

Estoy escribiendo, estoy escribiendo esto.

Al escribir noto mi pijama.

Creo que la carcoma se ha ido ya, pero se han quedado los agujeros.

Echarte de menos es quedarse sin aire y tocarse la cara.

Eres exactamente lo que busco y exactamente lo que no encuentro.

Has construido un palacio de mármol,

en el que juega un niño pequeño.

-y hace mucho eco-.

Formo parte de tu formar parte.

Cuando respiro estoy escribiendo esto: estoy escribiendo esto.

#4 Primer vídeo montaje del año, estando ya en octubre.

Esta mañana llovía a gritos, a mares. Se me ha ido un poco la olla con lo de ser, parecer, escribir, y he escrito un texto, no sé si bueno, malo o regular, al final qué más da, y me he grabado recitándolo. Luego ha venido una melodía de guitarra a mi cabeza, y no quedaban nada mal, la melodía y las palabras se han hecho amigas, y he vuelto a la carpeta de mis vídeos, esos vídeos en los que alguien siempre dice “¿ya estás grabando, pa qué grabas?” y lo he juntado todo y he creado esto.

“Llueve. La ciudad reinventa tu nombre a cada golpe de agua. Del abrevadero de tu mirada recojo sed, la sed que me obliga a seguir inclinada frente a tu cara. No sé si he creído alguna vez en el amor, pero podría sustituir todas mis creencias por el tacto de tus manos. No recuerdo el mes en qué conocí tu nombre, pero el tiempo es un tablero invisible, y nosotros dos peones que se dan de la mano y avanzan por las casillas convencidos de algo. En ese avance nos miramos con firmeza en el paso y duda en la lengua, que es como se miran las personas que ya palparon los barrotes de su jaula, y a pesar de eso siguen, continúan, sonrientes.

Esta revelación me llena de incertidumbre, me cubre la seguridad con una manta pequeña. Pero desde que te tengo cerca duermo mejor, le tengo menos miedo al miedo, y soy capaz de escribir sin morderme los labios. No sé cuánto durará esta cara de sorpresa, y no sé si el camino llevará a alguna parte, se perderá en el río, en un acantilado, o acabará en nuestra sombra. Pero el ruido de nuestras pisadas me convence de la utilidad de este presente esquivo y esperanzador. Te di mi boca y tú me estás dando voz. No sé si hay algo más bello que esto que me creas, estas ganas de darte forma de verso. Tienes esa manera tan dulce de meterme las manos entre el pelo, y si te tengo delante me olvido tantas veces de que la muerte existe, que te estás convirtiendo poco a poco en un lugar al que volver cuando me pierdes y me pierdo. Y cuando estás conmigo, en el silencio lleno de ruido que es tu presencia, encuentro de nuevo esta certeza, la que me lleva a escribirte todo esto.”

#2

Hoy, como otras tantas veces,
he tenido la sensación de que iba a encontrarte.
Hace sol, la carretera se retuerce delante,
es decir,
hay indicios.

Pero la vida se convierte en una llamada en espera,
y siempre hay pesar y cárcel
(sigo mirando por la ventana, como buscándote)
Bebo, sobrevivo al naufragio en otros brazos,
dándole a mi soledad el parte de lo hecho
(¿ese eres tú? no, no te encuentro)
concediéndome la libertad de mirar al techo
tanto como me dejan las otras cosas.
(he visto tu coche, tus manos, tus formas)

No estás ahora (lugar), estás más tarde (tiempo)

No, no estás, he venido al poema para encontrarte
y es precisamente en él donde te encuentro.

#1 Entonces despertarse.

Entonces despertarse y mirar en derredor sin saber qué estás buscando, porque acabas de abrir los ojos y apenas puedes pensar. Quieres café, un cigarro después de comer algo (y siempre después de comer algo), acariciar al bichito que vive en casa y te mima solo a veces. Te recuestas y nueve de la mañana, nueve de la mañana de un mes cualquiera de otro día que no tiene más fundamento que aquel, el de entrar en el gran edificio y vestir cara de lunes o viernes, preguntar cómo está todo el mundo, zambullirse entre tickets de metro y mareas de estudiantes, obreros, oficinistas y miles de hormigas más agolpadas entre metal, alientos y números de paradas restantes.

No es triste pero tampoco divertido. Al salir de allí es siempre la misma sensación, como si en Madrid llevase lloviendo sin parar durante tres horas, y quieres llegar a casa y encontrar el abrazo de algo que no sabes muy bien qué es, el calor del vagón de un tren que quizá perdiste, una mano que te trepe la espalda y una voz que pregunte, que de verdad pregunte, con estómago y atención, qué tal has pasado el día.

Esperas que la tormenta termine, que la mano o la voz lleven un nombre propio, un olor individual, una vida fácil de encajar entre frases de comercial, tarjetas y sueños nunca demasiado grandes para tu cabeza. Buscas una patada, un grito, algo más allá de la parafernalia previa y posterior al sexo, una palabra entre las palabras, una patada como las que se pegan en los sueños, algo que te aleje de la muerte, que te haga sonreír y levantar la vista.

Y así, en mitad de una superposición de días laborables y fines de semana, te tendí la mano y tú me tendiste los ojos, la primavera cerró de golpe todas las puertas de casa y nosotros no entendimos nada salvo que eso, que la eterna conversación y mirarse con todo el cuerpo, sería lo único que podría salvarnos, quitarnos el fango de la cara, respirar como lo hace un recién nacido.

Who.

-¿Quién eres?

¡Eh! ¡Hola!

(Miro por la ventana, trago saliva, miro al perro y no me devuelve la mirada, suspiro)

No sabéis lo complicado que es hacer esto. Quiero decir, igual sí que lo sabéis, igual sí que sabes, lector, escritor, bloggero, lo complicado que es hablar de uno mismo. Sobre todo, como en mi caso, cuando no tienes nada interesante que decir. Nada que sea absolutamente brillante. Nada que deje a la gente con la boca abierta. No soy nadie fascinante, ni física ni intelectualmente. Mi rutina es vulgar, aburrida, y muchas veces me desquicia.

¿Qué coño hago intentando venderme con un texto así? ¿No se supone que ya tendría que haber empezado a ser seria –o no-, a daros las gracias por seguirme? ¿Qué sois, dos? Y además me conocéis. Estoy segura de que las primeras personas que habiten esta nueva habitación serán amigos, conocidos. Ramón, seguramente. Bea, claro. Y algunos conocidos de internet a los que luego he ido saludando por bares, calles, y recitales -a los cuales procuro ir poco, pero ese es otro tema-.

No, no intento venderme, en absoluto. Este texto es un saludo, y perdón por mi tos y esta especie de incapacidad social que, poco a poco, se convertirá en fiesta. Este texto no es nada más que esa interacción extraña que ocurre en los pueblos –al menos yo lo he visto mucho en el mío- en la cual en vez de pronunciar “hola”, en vez de levantar la mano, lo que se hace es levantar la barbilla, más o menos, y sonreír un poco. O no sonreír. Yo en mi caso sí sonrío. Estoy contenta.

¡Hola!